Como cada ratón necesita su gato para sentirse vivo, yo necesito de ciertas personas para sentirme viva. No por el hecho de sentir que respiro, sino por el hecho de sentir todo lo que no estoy haciendo. Sí. Suena raro. Pero imploro que esas personas nunca desaparezcan. Tal vez no tienen nombre, incluso no las conozco, pero sé que existen. Son aquellas que hacen todas las aventuras que mi inmaculada alma, y temerario cuerpo no pretenden realizar. Maldito todo aquel que dijo por primera vez qué significaba la osadía, la rebeldía, la libertad y el ser único, lo maldigo desde lo más profundo. Perverso el que hizo de todos los seres humanos simples, precavidos por no decir miedosos, amantes de la vida sin disfrute, gente aburrida. Pues bien, si estamos en tiempos de confesiones, yo confieso. Soy una simple y aburrida mortal, que pasa sus días entre simples cosas, pensando o incluso soñando que sería de ella si fuese, aunque sea alguna vez, un tanto más arriesgada. ¿Que tiene uno por perder? Aun somos jóvenes, la vida se queda sin anécdotas si uno no la vive.
Entonces, pasa. Tal vez en el descuido, en la ceguera total ante algo desconocidamente ansiado, uno pierde los límites y termina por propasarlos. Que pena que una sea tan obvia, pero ante la inmadurez y la inexperiencia, una opta por el musculo y no la razón. Luego, una despierta de ese sueño y sabe que la realidad le indica que opto por el camino equivocado. Teniendo un fuerte rechazo a las circunstancias que la rodean, y bregando por un futuro más promisorio, debe agachar la cabeza y seguir en las andanzas, tal vez la chica consiga lo que buscaba cuando menos lo espera…
Pero al fin y al cabo encontró la anécdota que andaba buscando.
Queda saber si la historia es cierta o no…
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