Allá lejos en un reino muy pero muy remoto, esos de los cuentos de hadas, vivía una reina. La reina Juana.
No era como todas las demás soberanas, ella era muda. Solía pasarse horas en la oscuridad de su habitación, un poco pensando y otro poco escribiendo.
La singularidad de ésta reina no era el hecho de que no podía hablar, sino que entre sus escritos, mucho más allá de las palabras, la tinta y el papel, se escabullían sus mandatos para la gobernación del reino. Era tarea de sus políticos el desciframiento, entre sus fabulas y cuentos, de esas ordenanzas.
La reina Juana era un poco impaciente. Esperaba que sus oficiales descubriesen sus pensamientos en el tiempo conveniente para no tener que sentenciarlos a muerte. Le resultaba penoso, pero por esos tiempos no había quien pudiera o se animase a contradecirla.
Los nuevos postulantes eran sometidos a rigurosos y extenuantes exámenes, la reina Juana debía asegurarse que, los que a su lado estuviesen, fuesen lo suficientemente calificados para corresponderle como ella se merecía.
Hay quienes dicen que Juana estaba loca, y que murió un solitario martes negro en un rincón de su aposento.
Otros dicen que nadie la entendía, que había sido una gran soberana. Había muerto en su ley, sola en su gran reino.
Lo que nadie pudo negar es que siempre estuvo sola. Inmersa en una soledad que ella busco, o de la cual no pudo escapar.
Todavía están quienes se preguntan si realmente era muda, o simplemente nunca encontró las razones para hablar.
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