Sin nombre

Ahí esta ella, entre una manada que no para de aullar, los tablones tiemblan por el salto continuo de una masa que no puede contenerse. No hay distinción de edades ni de sexos, aunque parece haber mayoría de hembras en busca de conquista. Esto parece irreal, nadie lo hubiese creído unos años atrás. Ahí están todos, parece una selva en medio del festín, cuando un nuevo león se ha consagrado rey. Súbitamente el silencio se apodera del lugar, ¡mentiras! , el ruido es tan fuerte que se confunde con un silencio penetrante, sucede que las fieras hacen su presencia en el banquete. Un agasajo que las tiene como figuras principales. No hay quien no sufra de un repentino estremecimiento, la aparición de estas bestias significa el orgasmo más puro. Nadie para de tararear, la hora se aproxima, la historia marcará este momento como una pieza de arte, una Mona Lisa a punto de ser creada. Es una estampida de toros. Se escuchan las voces al unísono. Esos animales que parecen haber nacido para conquistar el cielo, con sus semblantes firmes y unas miradas que parecen devorarse a quien las observe fijamente, se desplazan sobre le terreno destilando fuerza, garra y coraje. Segundos después se oye la alabanza a la tierra que las vio nacer. Los tablones se sacuden más que nuca, y los miles de observadores en una locura desenfrenada hacen arder Troya. Finalmente la contienda comienza, animales versus máquinas, la guerra del mañana se hacía presente. Cada vez que las naranjas mecánicas se apoderaban del protagonismo un abucheo casi paralizante invadía el cotejo. Ya en los primeros minutos el festín había encontrado en sus invitadas cardinales el camino a la gloria. En ese lugar recóndito el bullicio era tal que hacía palpitar la tierra, esas fieras tenían hambre, hambre de gloria, eran feroces, parecían indomables. El lapso que duro la batalla fue eterno, pero hizo renacer a una multitud que había sido silenciada por esos otros que en busca de victorias habían fallado. Estas bestias humanas eran las únicas capaces de traer alegría a una selva que parecía desvanecerse ante la perdida de sus grandes batalladores. No habrían de desilusionarnos, ya no había lugar para el fracaso, más bajo no podíamos caer. Quedó ahí en la retina de todos los presentes como 18 leonas alcanzaban la gloria, como hicieron que el vasto territorio argentino, de norte a sur, y de este a oeste tocara el cielo con las manos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario